Fotos sin contexto

Vamos a imaginar que un antropólogo observa esta imagen dentro de 20.000 años y, a partir de ella, debe sacar conclusiones. Para hacerlo, tendremos en cuenta que no dispone de registros escritos sobre la época ni de documentos audiovisuales; solamente tiene la imagen.

Quizá, con una observación a simple vista, podría deducir que el ambiente era frío, posiblemente invierno, y que el sujeto de la foto utilizaba varias capas para protegerse. Además, también podría deducir que para él era importante la simbología o la combinación de colores a partir de sus prendas, ya que se observan varios elementos tanto en sus pantalones como en el abrigo. Deduciría también que el sujeto necesitaba utilizar algún tipo de corrector visual por el objeto que porta sobre su nariz, aunque también podría tener otro significado, quizá social, o tal vez ser uno más de los objetos que llevaba para protegerse del frío, concretamente del aire.

En cuanto al contexto de la fotografía, podría deducir que su núcleo central, y aquello a lo que se le otorga importancia, es el objeto que se encuentra en el centro, ya que el sujeto se ubica en uno de los lados, dejando el foco principal sobre ese conjunto formado por una piedra, acompañada de un panel con lo que podrían ser escrituras de algún tipo, y varias piedras pequeñas en la base. En la parte superior del conjunto quizá notaría la peculiaridad del elemento azul, formado por varias figuras geométricas alineadas para representar lo que parece algún tipo de símbolo que, seguramente podría deducir, termina de dar sentido a toda la estructura que se erige sobre la pieza principal de esta fotografía.

El antropólogo podría incluso llegar a descifrar que se trata de un monumento judío relacionado con las víctimas de una guerra. Podría conocer la función general de las gafas, identificar el tipo de ropa y situar aproximadamente la época. Pero seguiría sin saber por qué ese hombre estaba allí, qué conocía sobre aquel acontecimiento, si sintió tristeza, curiosidad, respeto, fascinación histórica o si simplemente quería conservar un recuerdo del viaje. Tampoco sabría qué relación había entre esa fotografía y el resto de su vida.

Es solo una fotografía sin contexto de algo que sucedió hace miles de años.


Hago esta reflexión porque una de las partes más importantes de la historia de la humanidad, la prehistoria, es una enorme foto sin contexto. Tenemos restos materiales que, de alguna manera, son imágenes inmóviles de algo que una vez fue y que nos invitan a reflexionar sobre cómo pudo ser. Pero, más allá de eso, lo que había en el día a día de aquella época tan fascinante eran personas en contextos cotidianos que, de la misma forma que nosotros, tenían creencias, valores, miedos y aspiraciones, que tenían sensibilidades y que se relacionaban con el mundo desde la cosmovisión de su momento.

Es fascinante imaginar, porque solo podemos hacer eso, imaginar, lo que sentirían al ver las estrellas reflejadas en sus cielos, al soportar meses de lluvias interminables o al observar la majestuosidad de la flora y la fauna que los rodeaba. Parte de aquellas culturas prehistóricas forma parte de la herencia que hemos recogido en nuestras sociedades y en nuestros propios patrones de comportamiento, algunos de ellos forjados mucho antes incluso de que existiesen las sociedades tal y como hoy las entendemos. Sin embargo, miles de años de historia difuminan muchísimo toda la riqueza que aquellas comunidades aglutinaron en una época en la que los fenómenos naturales no podían explicarse desde la ciencia moderna, sino desde la observación, el conocimiento práctico y la experiencia sensible, lo que abría las puertas a un crisol de interpretaciones que, a su vez, daban forma a un sinfín de creencias que componían los tejidos culturales de aquellas sociedades humanas.

Quizá podemos llegar a imaginar lo que sentían cuando, tras un duro invierno, varios de los miembros de la tribu caían presos de la enfermedad y tocaba despedirse de ellos. O cuando la frustración de una lesión sufrida durante una cacería te relegaba de ser el mejor lanzador de todos a tener que ser cuidado por los demás, quizá sintiendo cómo pasabas de ser un proveedor a una especie de carga. Y, aun así, hay evidencias arqueológicas de personas con importantes lesiones que sobrevivieron durante años, lo que nos permite pensar que ya en aquella época existían los cuidados hacia quienes no podían valerse por sí mismos, algo que humaniza todavía más, si cabe, a aquellos primeros seres humanos.

Pero una cosa es saber que los cuidaban y otra muy distinta comprender qué significaba para ellos hacerlo.

¿Por qué cuidaban de quienes no podían hacerlo por sí mismos? Si una persona ya nacía con un problema, ¿tenía igualmente valor para la sociedad, o solo lo tenía si antes había demostrado ser alguien importante dentro del grupo? ¿Cómo entendían los cuidados en aquella época? ¿Qué pasaba por la cabeza de la persona cuidada cuando el grupo arriesgaba no solo sus recursos, sino quizá también su propia supervivencia, por protegerla? ¿Lo hacían por amor, por obligación, por reciprocidad, por alguna creencia que desconocemos o por una mezcla de motivos que ni siquiera sabríamos formular?

Todos estos misterios humanos de aquellas sociedades prehistóricas quedaron para siempre recogidos en las mentes de los hombres y mujeres que habitaron la Tierra antes que nosotros. Nos legaron su arte, sus herramientas, sus construcciones y sus propios cuerpos a través de sus restos, pero no su pensamiento. Ese pensamiento se transmitió durante miles de años a través de las costumbres, los relatos y las leyendas, transformándose de generación en generación hasta ir evaporándose poco a poco con el paso del tiempo.

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