Antes de que yo naciera

Ayer estaba caminando para volver al centro de día, tras salir a hacer un recado, y, al pasar por un escaparate, me vi reflejado en el cristal, comenzando a resonar en mí un eco que llevaba días en mi cabeza, pero sobre el que todavía no había puesto el foco. Al verme en aquel escaparate, mi reflejo conectó con mis pensamientos y comenzó a fluir en mí un sentimiento de comprensión paternofilial que me invitó a reflexionar.

Entre todas las cosas que ocupaban mi cabeza, una de ellas era un parte para el seguro por un incidente que habíamos tenido con el vehículo del centro; cosas normales cuando tienes una furgoneta circulando durante ocho horas cada día, de lunes a viernes. El caso es que tuve que recabar información sobre lo sucedido, hablar con la otra parte, hablar con la empresa de renting de nuestra furgoneta… En fin, cosas. Y pensaba en todo el poso que eso dejaba en mí. No algo que me vaya a marcar de por vida ni que haga que me replantee nada de manera especial, simplemente experiencia acumulada. Lo que pasa es que, claro, al final, con todo lo que hago —y desde que tengo dos empresas no paro de hacer cosas diferentes cada día—, veo cómo voy aprendiendo no solo a gestionar mejor, sino también con más tranquilidad. Porque esto es como todo: explicándolo mediante una sencilla reducción, la primera vez que vives algo te emociona, la segunda lo mides y la tercera ya lo gestionas. Y cuando pasas a gestionar algo, simplemente cumples con el trámite, haces lo que debes y a otra cosa; para ti es algo tan normal como caminar o vestirte cada día. Entonces, lo que realmente vibró en mí, cuando me miré en el cristal de aquel escaparate y vi no solo mi reflejo, sino también todo lo que llevaba en la cabeza, fue pensar que algún día, espero, habrá una pequeña persona a mi lado a la que yo le pareceré un gestor de todo lo que para él será nuevo, y eso será algo impresionante en su cabeza.

Cuando era pequeño me daba mucha curiosidad pensar cómo eran mis padres de niños, e incluso les preguntaba, y ellos me contaban. Me fascinaba la idea de imaginar que ellos habían pasado también por ese mismo momento vital, que para mí, en aquel momento, a mi corta edad, era literalmente todo mi universo. Con el paso de los años, la figura de los padres va perdiendo esa mística que combina seguridad y certeza, ya que todos sentimos que es el momento de reivindicarnos, y llegan las turbulencias: adolescencia, primera juventud… Pero bueno, tras pasar por ese momento por el que todos pasamos, me reencuentro otra vez con la proyección de mis padres en mí mismo, y es que me doy cuenta de que llevo años viviendo una serie de cosas que algún día mi hijo, posiblemente la persona más importante de mi vida, solo podrá llegar a entender a través de lo que su madre y yo le contemos, pero jamás alcanzará a imaginar todo el proceso de evolución por el que su padre está pasando para llegar hasta él.

Ahora que me veo resolviendo problemas, relacionándome con personas muy diferentes, viajando, echando cuentas y construyendo un proyecto vital, me embriaga emocionalmente pensar que mis padres, antes de mí, también pasaron por esto, y me despierta tantas cosas. Porque sí, yo los conocí cuando ya eran padres, y solo he conocido esa etapa de ellos. Es resumir mucho hablar de una única etapa, e incluso decir que solo son padres, porque son muchas más cosas; pero, desde mi óptica, todo lo que son forma parte de lo que para mí son: mis padres. Pero es que hubo un antes sin mis hermanos y sin mí. Un antes en el que ellos solo eran ellos, pero, a la vez, eran adultos como yo, con el mundo a sus pies, con decisiones por tomar, con sueños e ilusiones y con momentos que los enriquecieron, como ahora me pasa a mí.

Todo lo que a mí me han aportado, todo ese conocimiento, ese saber gestionar, no era algo nato, sino adquirido. Algo que de niño no alcanzaba a comprender; que de adolescente me intentaron hacer entender, porque necesitaba comprender también que yo debía aprender, por muy invencible que creyese que era; y que ahora, de adulto, antes de tener hijos, por fin siento en mí mismo.

A veces me encantaría tener una mirilla al pasado, un agujero chiquitito por el que observarlos, ver cómo se equivocaban, cómo todas esas certezas que me brindaban de pequeño, cuando parecía que eran los dioses del mundo, nacieron de un principio necesario en el que ellos también tuvieron que aprender a resolver y cómo, aunque yo no me daba cuenta, continuaron aprendiendo incluso conmigo ya en sus vidas.

En fin, es emocionante vivir.

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