De los 20 a los 30

Aunque de manera estricta tengo 30 años desde hace un poco más de dos semanas, realmente llevo cumpliéndolos, que yo recuerde, dos años, y que sospeche, seguramente alguno más.

Es la tercera vez en mi vida que cambio de década, pero seguramente sea la primera en la que, si al menos, no quiero echar el freno de mano para pararme a ver el paisaje, algo dentro de mí me empieza a decir que quizá no hay que correr tanto.

Cuando cumplí diez años no recuerdo lo que sentí, pero estoy seguro de que debió ser algo así como, bien, soy más mayor, ergo mejor, pues se iba depositando en mí más confianza intrínseca y extrínseca. Mi mundo comenzaba a hacerse más grande, con más posibilidades.

A los veinte sí que recuerdo que tuve un conato de nostalgia al tener que comenzar a poner un dos delante, e incluso quise reflexionar sobre aquello que representaba para mí entrar en esa nueva década, pero todo era un sentimiento autoimpuesto, porque a esa edad estás subiendo la cresta de la ola, sigues siendo invencible, el mejor, nada puede contigo, así que aunque para mí sí que fue algo en lo que me detuve, lo hice desde una falsa sensación de incomodidad, pues realmente yo no sentía nada, ya que cada día que pasaba, era más grande, como con los diez.

Ahora a los treinta la situación ha sido muy diferente, puesto que es la primera vez en mi vida que al cambiar de década no me siento más, ni gano algo por llegar a los treinta, lo siento más como un trámite que como una gesta. Y realmente así debe ser cumplir años, el mismo término lo dice, cumples con ello, no logras los treinta, los cumples.

Todo esto no me ha pillado de sopetón, y es que a los veinticinco ya observé que algo no cuadraba, cada año que pasaba, seguía en los veintitantos, pero el número cada vez era más feo, primero un seis, que dices, bueno, pues bien, luego el siete ya asoma el abismo de lo que viene, y a los ocho tuve la dicotomía de aceptarlo, o negarlo. Podría haber mirado para otro lado, decidir los treinta llegarían pero que ese no era mi problema en ese momento, o comenzar a trabajar en ello. No pretendo exagerar con esto, sabía que si un día me topaba con la treintena sin haberla visto venir iba a ser peor, porque debía resignificar el paso del tiempo, y mi proyección sobre ello.

A los veintiocho comencé a repetirme cada vez que pensaba en años, que ya tenía treinta, no de manera enfermiza, sino natural, asociaba mi edad a los treinta en vez de a los veinte, así lo iba digiriendo poco a poco, seguía cronológicamente atado a los veinte, pero emocionalmente recibiendo mis treinta, mientras todavía no estaban ahí.

El caso es que el día que los haces, los haces, y en eso sí que no había pensado. No es lo mismo decirse que sí, que tienes treinta, pero luego saber que todavía son veintinueve, que es como cuando te despiertas antes de que suene la alarma y todavía quedan cinco minutos, a tener ya los treinta, que puedes posponer la alarma, pero ya tienes que levantarte.

No me ha sentado mal, pero sí que me ha hecho darle más vueltas de las que hace dos años pensaba que le daría, porque siento como que he perdido algo, he perdido mis veinte. No porque los haya desperdiciado, que al contrario, sino porque ya no los voy a volver a tener, y con ellos el último resquicio de la primera juventud, de las primeras veces, de la inocencia infantil, de todo lo que arrastras de la adolescencia tardía, eso se quedó ahí.

Ahora que lo que tengo son mis treinta, me doy cuenta de que soy el mismo que hace un mes, pero yo ya no me percibo de la misma manera, me explico: aunque sigo siendo yo, lo que me permito ser ha cambiado, porque ahora cada día me acerco más a la sosegada calma que aporta la experiencia, a las precauciones, a los años que saben a lo mismo, porque realmente estás haciendo lo mismo. No creo que sea algo malo, ni creo que sea algo que me tenga que preocupar, más bien es ley de vida, pero sí que es cierto que, si hoy estoy más cerca del Samuel de veinticinco que del de treinta y nueve, o al menos eso creo, cada día que pasa eso se irá dando la vuelta, hasta que me acerque al Samuel que seré con treinta y nueve.

Yo lo que he notado, ahora que me he parado a mirar el paisaje, es que tengo peor humor, lo que realmente significa que tengo menos ganas de aguantar las cosas que ni me gustan ni me apetecen, a la par que, contraintuitivamente, doy menos peso a muchas otras cosas que antes, por pura emoción, me parecían el final del mundo. Soy como un huraño que ha aprendido a cerrar el círculo de cosas por las que merece la pena sentirse molesto. Por otro lado, y esto me molesta un poco, me siento mucho más inteligente que hace unos años, y me molesta porque sé que por un lado es injusto juzgar al Samuel de hace cinco o seis años con las gafas del actual, ya que la experiencia que yo tengo, me ha moldeado y me da mucha ventaja. Él hizo lo que pudo, con lo que sabía, y era mucho más valiente que yo, sin embargo no puedo evitar verle estúpido a veces, y no es algo que me resulte agradable de mí mismo, pero es mi verdad al menos.

La verdad es que no puedo quejarme en absoluto de los cimientos que he puesto durante los últimos diez años. Me siento orgulloso de haber hecho algo que sigo y seguiré haciendo y es, siempre, pensar en el futuro. Porque ese futuro en el que pensaba ayer es mi presente de hoy, y aunque siempre hay cosas que mejorar, estoy exactamente en el punto que quiero estar en casi todos los aspectos de mi vida, y ojo, voy a hacer una reflexión que quizá el Samuel de veinte años no alcanzaría a comprender, pero el de veinticinco si atisbaría a sospechar, y es la siguiente: no estoy necesariamente en el punto que quería estar pero, sí he conseguido que, a mis treinta, pueda estar donde quiero estar ahora mismo, y para que eso pueda ser así, mis actos en el pasado han tenido que estar orientados a una tarea mucho más complicada que simplemente perseguir un objetivo concreto, ya que lo que he conseguido es, conocer, cómo iba a poder sentirme yo en este momento vital, para cubrir las necesidades que sospechaba que podría tener, que no son otras que la libertad, la flexibilidad y la realización en el entorno profesional, la creación de un proyecto común con la persona que amo, y una capacidad increíble de autoconocimiento personal. Y gracias a mis esfuerzos, hoy estoy, hago y siento lo que necesito en este momento, y no tengo la necesidad de improvisar para tenerlo todo cubierto.

Por eso mismo, hoy a mis treinta no pienso ni actúo por resolver mis problemas, esos se resuelven en el día a día, sino que trabajo porque a mis cuarenta, ese Samuel que me verá estúpido a mí, esté tranquilo, pueda cuidar de su familia y no tenga que preocuparse por cosas que a mí todavía me importan.

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