Del chovinismo del carbono al del ego

Desde hace un tiempo he entrado en una espiral de curiosidad que me está llevando, literalmente, más allá de nuestro propio planeta. No sé muy bien por qué. Algo que nunca me había llamado especialmente la atención, como es el espacio, ahora me fascina y me hace devorar información y contenidos sobre todo aquello que hay fuera de la Tierra.

Cuanto más aprendo, más me asalta una duda terrible: si realmente estaremos solos o no en el universo. Y esa pregunta, que parece puramente científica, me está llevando a plantearme muchas otras cosas que, en principio, no tienen tanto que ver con estrellas, planetas o civilizaciones lejanas.

Estoy muy lejos de poder aportar nada interesante en cuanto a datos, teorías científicas o posibilidades reales. He aprendido que cada estrella brilla más en su propio firmamento, así que haré lo propio y evitaré meterme donde no me corresponde. No pretendo explicar el universo. Bastante tengo con intentar entender lo poco que voy asimilando.

Pero sí hay algunas ideas que, escuchando a quienes saben mucho más que yo, me han dejado una pequeña base desde la que sostener mis dudas.


El universo, y en general los planetas, son jóvenes. La vida en la Tierra apareció relativamente pronto. Solo tenemos una muestra concreta de lo que significa la vida. Y, aun habiéndose dado aquí las condiciones para que aparezca una civilización inteligente, lo más humano que ha llegado al espacio profundo es una pequeña nave de los años 70. 

Es con esa última idea con la que se me rompió un poco la cabeza cuando la entendí de verdad: todo lo que nosotros llamamos vida es, efectivamente, la vida que se ha desarrollado en el planeta Tierra. Eso demuestra que puede existir vida bajo unas condiciones concretas, con una química concreta, en un entorno concreto. Pero no demuestra que no pueda existir vida de otra manera.

Una vida que no se base en el agua, el carbono o las condiciones bioquímicas que conocemos. Una vida cuya civilización no aspire a la exploración espacial. Una vida cuya conciencia no sea individual. Una vida cuya adaptación al medio sea tan radicalmente distinta a la nuestra que, directamente, ni siquiera alcancemos a reconocerla como vida.

¿Qué señales dejaría algo así? ¿Sabríamos verlas? ¿O pasarían delante de nosotros sin que fuésemos capaces de entenderlas?


Voy a intentar salir de este terreno pantanoso, porque, como digo, estoy lejos de mi área de expertise. Lo que quiero decir no es que cualquier cosa sea posible porque sí, ni que tengamos que inventarnos teorías. Lo que quiero decir es que no podemos fundamentar toda nuestra idea de la vida únicamente a partir de las bases de nuestra vida planetaria, como si la Tierra fuese una enciclopedia completa y no una muestra diminuta dentro de algo inmenso.

Cuando entendí esto, comprendí lo equivocado que podía llegar a estar a la hora de entender todo lo demás. Porque tenía sentido: ¿por qué, con la cantidad de escenarios que existen en el universo a nivel químico, físico y ambiental, solo una serie de reacciones, con unos elementos muy concretos, iban a ser capaces de crear algo que podamos llamar vida?

Y aquí es donde la cabeza se me fue a otro sitio.


Porque de la misma forma que me pasa con la vida, me pasa con las personas.

Ahora las veo de una manera distinta. Y, de hecho, creo que las comprendo algo más desde que intento sacar de la ecuación todas las suposiciones que puedo tener sobre las motivaciones humanas, las creencias, los comportamientos y las decisiones. ¿Por qué? Porque cambio la base.

Dejo de intentar entender a las personas desde un prisma construido con lo que sé de las personas, que en el fondo no deja de ser la información que yo he procesado, vivido, interpretado y ordenado, para sustituirlo por algo mucho más incómodo: lo que no sé de las personas.

Y esa contraposición abre muchas más vías.


Esto no significa que antes creyese que todo el mundo pensaba como yo. Eso sería absurdo. Lo que significa es que utilizaba mis propios códigos para explicarme la acción humana. Códigos que englobaban lo bueno y lo malo, lo sensato y lo absurdo, lo justo y lo injusto, lo que yo habría hecho y lo que jamás habría hecho.

Yo creo que, como casi todo el mundo, intento estar en lo bueno. Al menos conscientemente. No en lo bueno como una categoría universal, porque cada vez tengo muy claro de que eso no existe de manera universal, sino en lo bueno desde mi posición: intentar hacer, elegir o pensar lo mejor posible en cada momento.

Pero para que exista algo mejor tiene que existir algo peor. Y en esa horquilla vamos colocando a los demás: los que eligen peor, los que eligen mejor, los que hacen lo que nosotros no haríamos, los que nos parecen más nobles, más torpes, más egoístas o más lúcidos.

El problema es que todo ese sistema solo tiene sentido para mí. De la misma forma que la vida en la Tierra solo tiene sentido dentro de la realidad concreta y diminuta de la Tierra, mis códigos solo tienen sentido dentro de mi propia experiencia.

Entonces, ¿de qué sirve intentar entender la acción humana únicamente desde mi posición? ¿Qué crecimiento me aporta eso?


Seguridad, sí. Certidumbre, también. Incluso algunas externalidades positivas relacionadas con la estabilidad mental. Pero también puede ser una forma más de engañarme. De meterme yo solo en la caverna.

Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que es imposible entender, juzgar y valorar la acción de un individuo, o de un grupo, desde una única posición. Por mucho que creamos que tenemos en cuenta variables, contextos y motivaciones, siempre hay algo de fondo que orienta nuestra interpretación. Una especie de brújula interna que nos dice que un comportamiento es esto, que otro es aquello, que esta persona actúa bien, que esta otra se equivoca, que esto tiene sentido y que aquello no.

Y esa brújula puede ser útil, claro. La necesitamos para vivir. Pero también contamina nuestra mirada cuando olvidamos que estamos aplicando nuestros mapas a territorios que no son nuestros.


Esto no significa que no podamos emitir juicios de valor. Tampoco significa que no podamos intervenir, poner límites o rechazar comportamientos. Comprender mejor a alguien no significa absolverlo de todo. Pero sí significa aceptar que nuestro juicio casi siempre nace desde una información incompleta.

Antes de juzgar a una persona, quizá conviene entenderla como lo que es: algo profundamente ajeno a todos los sistemas de creencias, valores y experiencias que tenemos nosotros. Es como juzgar una época con las leyes de otra. O un sabor por su olor.

Con este ejercicio de abstracción, en el que todavía estoy metido, lo que intento es comprender la acción humana desde la singularidad. También la mía. Porque yo tampoco soy tan transparente para mí mismo como a veces quiero creer. También yo soy consecuencia de cosas que no termino de ver, de sensibilidades que no elegí, de experiencias que me moldearon y de emociones que interpreto como puedo.

Aunque necesitamos canales comunes para entendernos, convivir y organizarnos, creo que nos aportaría mucho más empezar por admitir que cada persona es una realidad genuina. Que antes de poder ser explicada, simplemente es. Y que, a partir de lo que es, podemos intentar explicarla, pero no al revés.


Se nos llena la boca diciendo que no hay que juzgar a los demás, pero todos lo hacemos. Incluso cuando el juicio no implica necesariamente una condena, pasamos a las personas por nuestros filtros. Les aplicamos códigos que nos ayudan a nosotros a entenderlas, pero no siempre nos ayudan a entenderlas a ellas.

Y ahí está la trampa.

En definitiva, de la misma forma que, si existe vida más allá de lo que ahora podemos ver, observar o predecir, probablemente esa vida sea mucho más inimaginable para nosotros de lo que creemos, las personas también lo son. Por mucho que nos hagamos trampas al solitario. Por mucho que pensemos que conocemos a alguien. Por mucho que tengamos datos, contexto, antecedentes y explicaciones.

Solo cada persona ha pasado exactamente por lo que ha pasado. Solo cada persona ha sentido lo que ha sentido, y esto me parece especialmente importante, porque la sensibilidad y las emociones son percepciones radicalmente subjetivas. Solo cada persona ha tomado sus decisiones desde un lugar interior que para los demás siempre va a tener una parte desconocida.

Por humildad intelectual, creo que lo primero sería admitir eso: que cualquier juicio que hagamos sobre otra persona nace desde una tremenda desinformación. Incluso cuando creemos conocerla. Incluso cuando probablemente tengamos parte de razón.

Y quizá ahí está el punto: no se trata de dejar de juzgar, porque eso seguramente sea imposible. Se trata de juzgar menos deprisa. De comprender antes. De recordar que miramos a los demás desde nuestra propia muestra de vida, igual que miramos al universo desde una sola Tierra.

Y una sola Tierra no basta para explicarlo todo.

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