Me perdono

Desde hace 13 años llevo haciendo algo todas las semanas, tarde tras tarde, fin de semana tras fin de semana. He sido entrenador de fútbol base desde mis 17 hasta mis casi 30, y creo que esta etapa ha llegado a su fin.

Lo mío con la pizarra y el balón se remonta a mis felices tardes de preadolescencia en las que rayaba mi disco de Championship Manager 2007 para Play Station 2, creando historias épicas en las que guiaba a equipos desde Segunda B hasta la élite, o hacía campeón de Europa a algún club potente de una liga menor.

Mi viejo compañero de batallas, hoy en día una de mis reliquias personales

Desde ahí fui cogiendo el gustillo al fútbol desde los banquillos, y aunque evidentemente también jugaba y lo disfrutaba -a pesar de ser muy mal jugador-, donde me sentí más realizado fue como entrenador, al menos frente a la pantalla. Era una sensación diferente y apasionante la de ser el hombre orquesta, un rol que en otros aspectos de mi vida, como mis empresas, también luzco gustosamente.

Pasados mis años más turbulentos de adolescencia, a mis 17 decidí ir a perseguir mi destino: ser entrenador de fútbol. Empecé con unos prebenjamines en el C.D. Fleta, y posteriormente y hasta hoy he ido entrenando en varios clubes de mi ciudad, en todas las categorías del fútbol base, con temporadas más y menos agónicas.

C.D. Fleta Prebenjamín | 2013 – 2014 | El de las rastas, un servidor

Al principio lo tomaba como un complemento más de mi vida, pero en los últimos seis años he intentado crecer de verdad como entrenador, tratar de desarrollar una forma concreta de hacer las cosas, de liderar, de plantear en el campo la forma que tenía de entender el entrenamiento desde una perspectiva pedagógica. No era buena, pero al menos era la mía, a mí me gustaba, me hacía sentir cómodo. Fue algo que evolucioné con los años, con mucho esfuerzo y con mis mejores deseos.

Estoy convencido de que si en algún momento hubiera decidido dejar de trabajar, volver a casa de mis padres y malvivir entrenando equipos de fútbol base, trabajando en academias y campus, mientras en paralelo me formaba y forjaba relaciones, al menos habría tenido la posibilidad de hacer algo más en el mundo del fútbol. Y no lo digo porque fuese buen entrenador, que no me considero buen entrenador, sino porque creo que la dedicación, el foco y la planificación estratégica es la fórmula, que seas bueno no importa tanto en esto del fútbol, sobre todo en los banquillos.

Uno de mis sueños, habría sido poder ganar la Copa de África como seleccionador. ¿Por qué ese torneo? Porque por lo exótico y desconocido me lo tragaba entero cuando todavía lo emitían en Eurosport. Para aquel Samuel de apenas 11 años, la Copa de África era una ventana al mundo, a una realidad que solo conocía leyendo los atlas y mapamundis que tanto me gustaban. Me fascinaba ver esos colores en las gradas, en las camisetas, y los peculiares looks de los jugadores. Sin embargo, cuando tocaba mirar al banquillo, en muchos casos (me alegra que ahora haya más africanos en los banquillos) había entrenadores europeos dirigiendo a esas selecciones. Yo quería ser uno de esos blancos entre los negros.

Emocionado por la increíble gesta de Zambia en 2012, en la que los Chipolopolo se alzaron victoriosos contra todo pronóstico tras superar a Costa de Marfil en los penaltis, me inspiré para algún día llegar a eso. Luego la vida te lleva por otros caminos, y elegí no intentarlo seriamente, quizá en busca de una estabilidad que más tarde me di cuenta de que no existía.

Selección de Zambia campeona de la Copa África 2012

He hecho de todo por entrenar. Malabares para cambiar turnos yendo de mañana, tarde y noche, de lunes a domingo, gastando dinero que no me sobraba en formaciones, llegando tarde y cansado a casa teniendo que madrugar al día siguiente, o yendo de empalmada tras haber trabajado la noche anterior. No importaba, yo era feliz entrenando, era mi vía de escape, la conexión con mi sueño adolescente.

Como he mencionado anteriormente, hubo un momento en el que me dije a mí mismo que si quería seguir entrenando, debía tomarlo más en serio. Coincidió con una etapa de mi vida en la que me centré mucho en mi desarrollo personal y profesional, en la que también planté las semillas de mi futuro emprendimiento, del que ahora mismo disfruto. El problema es que finalmente esa autoexigencia se transformó en exigencia del entorno, y en un tremendo peso para mí mismo.

Realmente en el fútbol, incluso en nivel de fútbol base o amateur, tienes trabajo las 24 horas del día si tú lo quieres. Siempre hay relaciones que mejorar, entrenamientos y partidos que revisar, ideas para desarrollar. De verdad, podrías dedicarle todo el día y sentirías que te faltan horas. Cuando eres consciente de eso, intentas hacer más, y más, y a la vez sientes que no haces nada, y a eso le tienes que sumar que ni siquiera es tu actividad principal. La cabeza tiene un límite y muchas veces, o explota, o te dejas. He tenido ambas en los últimos años. Momentos de explotar y no dar para más, y momentos de hacer de menos y ser perezoso, aun sabiendo que eso iba a afectar a mi desempeño y por ende al de mis equipos. Jamás pude encontrar ese equilibrio cuando traté de armonizar la autoexigencia en el fútbol y el crecimiento con el resto de mi vida personal y profesional. No se me da bien hacer tantas cosas si las quiero hacer bien, soy proactivo y amante de los sistemas pero también soy humano y tengo límites muy marcados.

Así que la conclusión de todo esto es que este año, tras una destitución que se ha dado esta misma semana, he tomado la decisión de «colgar la pizarra». Era una decisión que llevaba tiempo meditando: «un año sabático», ver «cómo me siento sin entrenar». Y es difícil porque parte de mi entorno me empuja a seguir haciéndolo, al final de una forma o de otras te lías, temporada tras temporada, el desgaste de mayo se esfuma con la ilusión de agosto. Pero, a veces la vida te marca los momentos. Y yo no creo en el destino, me siento bastante dueño de mis decisiones, pero sé ver oportunidades cuando las tengo delante, y que justo en este momento me llegue la destitución es la información suficiente que necesito como para dar este paso. Al mundo le diré que es solo una temporada, que quiero ver cómo me siento sin entrenar, pero yo sé que es mentira, que cuando lo dejas ya no vuelves, porque no eres el mismo, porque ese paso es irreversible, como lo es casi todo en la vida.

Como siempre, la última vez que haces algo no eres consciente de que lo será, simplemente haces lo que has hecho una y mil veces, ese último entrenamiento, esa última charla técnica antes del partido, y ese último grito de aliento desde el banquillo.

C.D. Unión Cadete «A» | 2025 – 2026 | La última vez que haces algo

Me perdono por no haber llegado más lejos, por no haber priorizado el fútbol por encima de lo que tengo ahora mismo, y me perdono por no haberle dado a ese niño que fui el sueño que perseguía, pero me alegra haberle dado la oportunidad de intentarlo. Hasta aquí hemos llegado.

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