¿Dios es la respuesta?

Sí, es la respuesta, o siendo más preciso, es una respuesta.

¿Necesaria? ¿Qué define la necesidad? Si queremos entender la cobertura de la necesidad como la satisfacción de la misma, o el grado de utilidad respecto al problema que plantea, sí, Dios es definitivamente una gran respuesta. ¿Pero es «la respuesta»?

Bueno, quizá es aquí donde conviene lanzar la primera aclaración. Es la respuesta de quien la necesita, pero ¿Qué tipo de persona necesita la respuesta de Dios?

Dios como figura narrativa es omnipresente, no hay sociedad humana, desde una perspectiva antropológica, que no haya creado relato alguno sobre una deidad, personal o no, con una posición sobrehumana y una misión definida para nosotros. Su primer rasgo característico es la solución que ofrece ante la incertidumbre. Las primeras respuestas que nos dio Dios a los seres humanos fueron aquellas que necesitábamos para entender los fenómenos naturales y los ciclos ambientales, aquello que escapa de nuestra comprensión recibía atribuciones místicas compatibles con una deidad superior que controlaba lo que escapa de nuestro control, pero que con el debido respeto, podía ser benevolente para con nuestras necesidades. De ahí sale otra importante respuesta de Dios, la falsa ilusión de seguridad: si los elementos no dependen de nosotros, pero si dependen de un orden que podemos llegar al menos a comprender en su esencia, podemos realizar determinados ritos y liturgias para satisfacer ese orden cósmico que nos dará, de manera indirecta, control sobre lo que escapa a nosotros. De esto surge la conducta alrededor de Dios, y el ordenamiento moral, que poco a poco salió de lo natural y adquirió una voluntad de estructura social, permitiendo a los humanos construir sociedades fundamentadas en valores y comportamientos que, en última instancia, tenían un grado de utilidad para lo divino. Ahí nace definitivamente la iglesia como institución política, y se separa la figura de Dios como ente natural a Dios como herramienta de ingeniería social.

Con esta nueva institución que es la iglesia, de nuevo común en prácticamente todas las sociedades humanas, como entidad ontológica y reguladora, la respuesta pasa a abarcar más allá de los fenómenos naturales hasta lo más puramente cotidiano: cómo nos relacionamos, cómo nos debemos sentir ante los acontecimientos inherentes a la vida, como es la propia muerte, y por supuesto, -y en función de otras instituciones que se desarrollaron en paralelo y que utilizaron la estructura de la propia iglesia, como es el estado- cómo debemos comportarnos de manera económica.

Dios es la respuesta definitiva ante la duda del individuo de cómo debe sentirse ante los hechos vitales, porque no otorga duda alguna. La iglesia, todas ellas, han perfeccionado un sistema de creencias, de ética y moral, que no deja lugar a incertidumbre alguna, que recoge todos los episodios por los que alguien puede pasar, que da consuelo ante la pérdida y esperanza ante la dificultad. Sin Dios, muchas vidas habrían carecido de sentido alguno.

Y esto es lo que sucede ahora. Es evidente que la iglesia ha prostituido tanto en nombre del poder sus propios fundamentos institucionales, que ha perdido toda credibilidad y solo le queda el rédito de la tradición para subsistir en las sociedades occidentales, y esto es algo que conforme el desarrollo político, económico y social occidental sean hegemónicos en todo el mundo, que terminarán siéndolo, será una realidad global. Sinceramente, y desde mi posición histórica, me permito la licencia de afirmar que estamos ante el principio del fin de la iglesia, y del Dios de la iglesia, como respuesta.

Ante esto, a los individuos no nos ha quedado más remedio que responder por nosotros mismos a las grandes cuestiones vitales que antes no teníamos que reflexionar de manera alguna. Y eso duele, es descorazonador y te hace sentir desamparado. Por eso las pseudociencias y las creencias absurdas de la teoría de la conspiración conviven con tanta fuerza en nuestra sociedad, por eso también divulgadores de Tiktok e Instagram son seguidos por las masas, porque no es fácil y necesitamos respuestas. El problema de todo esto es que al menos la iglesia tenía un código completo y cientos de años de perfeccionamiento que han ido evolucionando conforme lo han hecho las propias sociedades humanas. Cuando desaparece una estructura fuerte que daba respuestas cerradas, el vacío no queda neutral. Sin embargo la incertidumbre de las respuestas de marca blanca producen más personas confundidas o superficiales espiritualmente que individuos plenos, y eso se nota en cómo la epidemia de la salud mental cada vez más castiga a nuestras sociedades modernas.

No creo que Dios sea la respuesta, sin embargo sí que creo que es mejor respuesta que las ideas prefabricadas porque al menos ahonda dentro de ti y te aporta una estructura sólida, muy útil para aquellos que no tienen la fortaleza mental ni intelectual suficiente como para enfrentarse al mundo solos, o que simplemente, aun teniéndola, deciden reservar sus energías a la poderosa tarea de vivir, que no es poco.

Si tuviera que aventurarme a dar una respuesta, sólo podría dar la mía propia, que he encontrado a través de años de introspección, de malas rachas y de autoconciencia, y es que: la respuesta está en comprender que apenas controlamos nada de lo que nos sucede a nosotros, y nada de lo que en el mundo sucede en general, que no hay mayor cambio que el que hacemos en uno mismo y que si no tenemos ordenadas nuestras prioridades y nuestra forma de comprender las relaciones humanas, no podemos hacer nada ahí fuera, y que además todo esto cambia constantemente, cada día, cada mes, cada año es diferente, y no podemos aferrarnos a nada durante mucho tiempo. Sólo somos nosotros en este preciso instante, y lo que éramos en el pasado explica únicamente lo que somos ahora, no lo que seremos.

Dios puede ser una gran respuesta, pero en mi opinión, no hay mejor respuesta que la que vas a encontrar dentro de ti mismo.

Deja un comentario